Así monté mi propio negocio (y jamás me arrepentí)

Así monté mi propio negocio (y jamás me arrepentí)
¿Cómo es montarse su propio negocio? Mitos y verdades sobre una experiencia apasionante llena de éxitos y fracasos. De ambos se aprende, y sin ellos no podría lograrse nada.
Siempre hemos seguido con admiración las carreras de éxito. Está en nuestro ADN: estamos programados para triunfar, o al menos, intentarlo. Y yo no era una excepción: desde joven tenía claro que quería ser una persona de éxito, medido lógicamente, en términos económicos, pero también en prestigio y reconocimiento. Centré mis estudios en lograr este objetivo y convencí a mis padres para que sufragaran los costes de una universidad de prestigio y me esforcé por sacar el título, y todo lo que vino después fue una lucha interminable por alcanzar un objetivo trazado al viento.
Pero fracasé. Aunque suene a broma o perogrullada, mi carrera hacia el éxito no me hizo millonario, y pese a que los trabajos por cuenta ajena me ayudaron a amasar mucha experiencia y pagar mis facturas, debo reconocer que perdí. Pero, ¿por qué consideré en ese momento que fracasé? Porque no alcancé unas metas que posteriormente descubrí que no eran mías: las había asimilado erróneamente de la sociedad. Arranco con este speech porque creo que es importante conocer el contexto. Me costó descubrirlo, pero un buen día, descubrí mi propia farsa.
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La empresa para la que trabajaba pasaba por unos momentos complicados y ese hecho unido a mi desmotivación provocó que por primera vez me planteara cambios de calado en mi vida ¿Y si probaba crear mi propia empresa? ¿Y si por fin hacía lo que yo quería sin pretender cubrir las expectativas de una sociedad insaciable? Fue una semana interminable de noches en vela sopesando pros y contras. Un salto al vacío en el que tendría que capitalizar el paro y eso con dos bocas en casa que alimentar. Pero pronto deshojé la margarita: creé mi propio negocio.


Los primeros días fueron inciertos ¿Habría acertado? ¿Sería un fracaso rotundo?
Recuerdo aquellos días como un extraño cóctel de nervios, emoción y sensación de irrealidad. Mi entorno me contemplaba preocupado pero respetaban, en silencio, mi decisión. Elegir marca, registros, papeleos, altas, impuestos, subvenciones... Pronto descubrí el lado más amargo del emprendedor, el de pelearse por la administración para poner todo en orden. Y el cambio era doble: no sólo dejaba el calor y la seguridad de la nómina, sino que además dejaba la oficina para trabajar desde casa. Los primeros días fueron inciertos ¿Habría acertado? ¿Sería un fracaso rotundo?


Pasaron días, semanas y meses, y mi imberbe sociedad seguía sin emitir una sola factura. Aprendí pronto a vivir con lo mínimo: apretarse el cinturón y comenzar a valorar cosas que antes dábamos por sentado fue una de las experiencias que más valor otorgo ahora en mi haber. Y por fin llegó el día: un cliente (ahora ya convertido en amigo) decidió confiar en ese tipo con el brillo del hambre en los ojos y prisa al hablar. Es la señal de identidad de los emprendedores: suplican con la mirada una oportunidad como si el mundo se fuera a terminar mañana. Y la tuve. La primera experiencia fue sensacional: un trabajo bien hecho, pero muy mal cobrado, como la mayoría de los que se inician con su negocio. Parece que nos da vergüenza cobrar.

Trabajar desde casa: mi carta de presentación

Y bien, desde ese primer cliente nunca ha pasado un mes en el que no haya facturado un solo euro, y mi sociedad se fundó en 2007, algo que sigo recordando siempre que puedo con orgullo a quien me lo pregunta. En el camino he encontrado muy buena gente, he hecho buenos amigos, mucho pirata y también aprovechado, pero de hasta estos últimos he sabido aprender. Mi máxima ha sido siempre la transparencia y la honestidad, primero conmigo mismo, y después con los clientes. Fueron muchos los que me recomendaron que no dijera que trabajaba desde casa, que aquello desprestigiaría el negocio, pero donde en teoría había una debilidad, encontré una fortaleza: trabajar desde casa fue mi carta de presentación, y la mayoría de los clientes lo valoró como un activo.
Si miro hacia atrás e intento hacer balance descubro la primera realidad del dueño de su negocio: no hay tiempo ni para hacer balance. Un smartphone, un iPad y un portátil son compañeros permanentes de trabajo... bueno, y también mi 'asistente' personal que va conmigo a todas partes. Pero sin duda hay dos recompensas para quien opta por labrarse su propio destino: la libertad y el orgullo de pagar las facturas con el sudor directo de tu frente. Parece una tontería, pero los que lo hacen saben a qué me refiero.
My office
¿Animo o no al emprendimiento? Sin dudarlo, pero siempre siguiendo estas máximas:
  • No marcarse objetivos: con el tiempo aprendí de los árboles, que dejan que sus ramas se muevan libremente con el viento. El emprendedor debe ser igual: flexible e intentando disfrutar de cada segundo.
  • Hacer lo que realmente te guste: Para triunfar como empresario tienes que ser bueno en lo que haces, y para ello tienes que disfrutar con lo que haces. De esta manera, obtendrás una doble recompensa: el gozo de trabajar y los ingresos. Desde mayo de 2007 ya no padezco de la conocida como depresión de los domingos: el lunes es un día más en la agenda.
  • No hay atajos: Las recompensas llegan por el trabajo duro y honesto aunque veas que algunos tomar atajos y te adelantan. No te preocupes, tarde o temprano les verás en la cuneta. Trabajo constante y siendo transparente con uno mismo y sus clientes
Alguna vez me lo han preguntado: "¿Has fracasado en tu carrera profesional?" Siempre digo que sí, pero que gracias a ese fracaso he triunfado en mis metas personales. Nada de descapotables ni una mansión en la que solazarme en la sobremesa: mi triunfo particular es disfrutar como un niño en cada cosa que hago y pagar puntualmente mis facturas e impuestos. Ahí sí que he triunfado, aunque sea ante mis propios ojos.

Por José Mendiola




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