Vivir sin redes sociales es posible, pero tiene un precio

 Debo reconocerlo, sufro de una adicción a las redes sociales. Facebook, Twitter, Tumblr, Pinterest y LinkedIn son mis destinos digitales preferidos. Además de WhatsApp, que no es exactamente una red social, sino una herramienta para estar en contacto con mis amigos.

De acuerdo a un estudio publicado recientemente, cada vez más gente accede a las redes sociales por puro aburrimiento. Entra en, por ejemplo, Facebook y comienza a recorrerlo sin rumbo. Bueno, no era algo muy difícil de descubrir. Aunque no creemos que ese sea el problema. La verdadera pregunta es si realmente vale la pena entrar tan a menudo en las redes sociales.

Me conecto más de una vez al día, para informarme o simplemente para ver qué sucede en el inmenso mundo digital. Además utilizo las redes sociales a diario en el trabajo, lo cual me permite acceder con rapidez a los contenidos y no perder tiempo navegando.

¿Pero qué pasaría si no me pudiera conectar a las redes sociales?

A mitad de camino entre apuesta y experimento

Ni en mis sueños más locos creí que soportaría pasar una semana sin conectarme a las redes sociales ni a WhatsApp. Sin embargo, lo logré. Todo comenzó durante una conversación con Marina, una colega del trabajo.
¿Has pensado cómo sería vivir una semana sin redes sociales...?
Nunca lo hubiera ni siquiera considerado, pero la ocasión me parecía ideal. Una apuesta, para bien o para mal, que contaré a continuación. Aunque reconozco que hay muchos artículos sobre este tema, en éste me concentraré en mi propia experiencia personal e indicaré cómo esta prueba transformó mi vida cotidiana.

He resistido a la tentación...
¿Cómo fueron mis días sin conectarme a Facebook y compañía? ¿Qué descubrí al finalizar mi experimento? Pasé 6 días sin Facebook, Twitter, WhatsApp ni Tumblr, y durante el experimento utilicé solo el correo electrónico y el chat de Gmail.

Viejos hábitos y contratiempos

Sin duda, mi primer día sin redes sociales fue un verdadero infierno. Daba por descontado que podría soportarlo sin problemas, por lo que desactivé todo. Desactivé la conexión de datos en mi smartphone y cerré cesión en todas mis cuentas. Prácticamente había vuelto a los años 90.

La primera víctima fue la rutina, esas simples acciones que realizas cada día sin darte cuenta. Gestos a los que no les das ninguna importancia, pero que forman una parte no menor de tu vida diaria.

Tanto al llegar como al salir del trabajo me gusta enviarle un mensaje a mi novia a través de WhatsApp, simplemente para decirle que todo va bien y que en poco tiempo estaré en casa. No he podido hacerlo y debo reconocer que llamar en este caso no es lo mismo;
porque estos mensajes son casi una tradición para mí.

El desayuno por la mañana y el momento despué hojear mi agenda mientras como. Puede parecer extraño, pero mi primer día sin redes sociales fue casi un shock.

Trabajo y citas: un verdadero desastre

El segundo día fue aun peor que el primero. Utilizo las redes sociales para trabajar, en particular para estar en contacto con las personas que debo entrevistar. Ellos me envían las respuestas a mis preguntas a través de Facebook. No conozco otra forma de organizarme.

No tengo la dirección de correo de mis contactos y no tengo forma de localizarlos. La
desesperación me devoró durante todo el día. Finalmente, tuve un golpe de suerte. La persona a la que había entrevistado se ocupó de enviarme todo por correo electrónico, dado que no respondía a sus mensajes por Facebook.

Por la noche, más problemas. Uno de mis amigos venía desde Inglaterra a visitarme, y me
avisaría por WhatsApp una vez que llegara al aeropuerto. Intenté llamarlo para decirle que no estaba conectado a WhatsApp, pero su móvil estaba apagado, o quizás se había quedado sin batería. Durante una hora lo esperé en la salida de la estación de metro. Finalmente, cuando llegó me dijo: «Recibiste mi mensaje, ¿no? Te dije que mi vuelo estaba retrasado.»

Y mejor no hablar de los grupos de Facebook, o de los eventos y las conversaciones con mis amigos por WhatsApp. El olvido absoluto, mientras el mundo sigue avanzando sin
ti. ¿Cumpleaños? ¿Cenas? ¿Ensayos con tu banda?

Entre los pocos que me han podido contactar empleando métodos alternativos se encuentran mi padres. Pero lo más extraño es que no me han enviado un SMS, sino
que le escribieron a mi novia por WhatsApp para preguntarle si yo estaba bien. Fantástico. Si no fuera por mi novia, me habría sumergido en la oscuridad absoluta a nivel social.

¿Todas las redes sociales son útiles?

Fue una semana difícil, pero finalmente puedo extraer las conclusiones de mi experiencia. Vivir sin redes sociales es una tarea ardua, pero no imposible. Por supuesto, no todas son necesarias.

Aunque descubrí que WhatsApp sí es indispensable. Las personas han perdido la costumbre de llamar por teléfono y, si no avisas de antemano, todos pensarán que estás de vacaciones o que te has tomado unos días para relajarte y descansar.

Volver a los SMS es imposible. Por otro lado, antes de la semana pasada nunca había enviado un SMS desde mi smartphone y debo confesar que es tremendamente incómodo.

En lo que respecta a las redes sociales, creo que desconectarme de Facebook fue algo positivo, de hecho, casi no sentí la ausencia de la red social de Mark Zuckerberg. Pero sí sufrí la ausencia de Twitter. Al quitar de mi vida diaria Facebook, gané un tiempo precioso sin sacrificar el acceso a información de calidad.

Lo que sí eché de menos fue Twitter y su constante feed de noticias. No me fue posible seguir las actualizaciones, lo cual incidió negativamente en la cantidad y en la calidad de mis lecturas cotidianas. En cuanto a LinkedIn, Tumblr y Pinterest, ninguna de ellas representó un problema serio.

El precio de vivir sin conexión

¿Qué aprendí de esta experiencia? Abandonar por unos días la dinámica de las redes sociales es útil para analizar y examinar qué es lo que verdaderamente estamos buscando allí. En mi caso, el ayuno digital me ha ayudado a comprender que no todas las redes son indispensables. Esta apuesta también me hizo analizar bajo otra perspectiva los pequeños hábitos de mi rutina.

No poder enviar fotos o mensajes ni a tus amigos ni a tu familia tiene consecuencias sobre tu estado de ánimo y puede transformar tu día para peor. Se trata sin embargo de una experiencia útil, y aunque quizás no todos la vean con buenos ojos, yo la recomiendo intensamente.

Al final obtenemos una visión más lúcida de los contenidos, verdades y rumores que circulan por la red. Y quizás nos demos cuenta de que la verdadera pregunta no
es ¿Qué quiero leer?, sino ¿Realmente quiero leer esto?

Entonces el navegar y el chatear asumen nuevas dimensiones, y la confusión entre lo real y
lo virtual pasa al primer plano. 

Comentarios

  1. Muchas gracias por contar tu experiencia! Me es muy tentador intentarlo. Suena muy esperanzador llegar a un punto donde no me de tanta comezón y angustia entrar o no entrar a mis redes sociales.

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    1. Gracias a ti Ana, EL hecho de que comentéis los posts hace que siga funcionando. Un saludo.

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